"Querido Diario"
por Süssigkeiten Zauber
Querido diario:
Esta es una historia que sólo te voy a contar a ti, es un gran secreto. Juré que mi boca nunca se abriría, pero necesito contárselo a alguien, ya no aguanto más. Por favor, querido diario, protege mi secreto.
No sé cuándo comenzó esta historia en realidad, creo que fue de a poco como son las cosas del amor, que llega de a poquito sin que nos demos cuanta hasta que ya es muy tarde para tratar de frenarlo. Y que fue capaz de mostrarme lo que es capaz de hacer una bruja.
De todas formas, lo que voy a contar comenzó más o menos a finales del otoño...
Yo estaba en clases de pociones, haciendo el ridículo como siempre. ¡Me apena tanto! yo sé hacerlas, pero el profesor siempre se pasea entre los pupitres, mirando nuestros trabajos por detrás de nuestros hombros, sin decir nada, pero está ahí. ¡Ay, lo pienso y se me pone la piel de gallina! Siempre siento sus ojos clavándose en mi nuca y es ahí cuando me pongo tan nerviosa que hago desastres.
Me tiembla la mano, me paso en las medidas de las pociones, mezclo ingredientes que no debo, me corto los dedos y subo el fuego tanto como para incendiar mi caldero y todos los calderos que están cerca. Y el profesor siempre acaba avergonzándome y castigándome.
Como fue esa vez, que me hizo quedar después de hora a limpiar todos los instrumentos de la sala de pociones.
Como era la última asignatura del día me quedé inmediatamente después de clases. Tuve que limpiar todos y cada uno de los calderos, básculas, frascos, botellas y cucharones. En esa sala había más cosas de las que parecía a simple vista durante la clase, que ya eran muchas. Había calderos, platillos, bandejas, cuchara y cucharones, vasos medidores, quemadores, un horno, había cientos de ingredientes raros de pociones, pero también había otros más comunes como huevos de gallinas y cacao. Se me ocurrió, se me ocurrió algo entonces...
Estuve mucho rato parada en la puerta del despacho del profesor sin decidirme. Finalmente resolví que era mejor marcharme, pero ya era tarde, acababa de tocar la puerta.
-Adelante.-llamó desde adentro. Esa era la última oportunidad de huir pero otra vez mi cuerpo hizo exactamente lo contrario: mi mano ya estaba abriendo la puerta.
-¿Qué quieres?-dijo sin mirarme. El profesor estaba detrás de su escritorio escribiendo algo.
-Eh...profesor...-no sabía que decir, no sabía qué hacer, ni siquiera sabía por qué estaba ahí- la poción de hoy... ¿cuántos escarabajos molidos lleva?
-Seis, Zauber. Seis.-contesto impaciente.
-Ah...-realmente ya no sabía qué decir.
Se quedó mirando como viendo si necesitaba algo más, pero yo sólo me quedé parada sin hacer nada. Entonces dijo: -Sierra la puerta al salir,- y siguió con lo que estaba haciendo.
Estaba saliendo de su despacho pero inesperadamente me di vuelta y llegué hasta su escritorio dejando encima lo que llevaba en las manos escondidas detrás de la espalda. Un platito al que miró intrigado antes de darme esa misma mirada a mí.
-Es una torta de chocolate. Cien por ciento cocina muggle, ni una pizca de magia. Aprendí a hacerla de mi madre. Enseguida dudé si fue bueno decir eso. Después de todo él era el jefe de la casa Slytherin, y estaba en esa misma casa cuando estudiaba en Hogwards, y se dice que a muchos de los de Slytherin no les gustan los hechiceros que vienen de familias muggle. Me pregunté si él era de esa clase de mago.
Me sostuvo la misma mirada intrigada con la cara petrificada. Todo estaba quieto, congelado, como un cuadro. Como un cuadro muggle, de esos que no se mueven.
Sabía que no iba a contestarme nada, sabía que no tenía caso quedarme más allí, ¡sabía que tenía que salir corriendo!
Despacio sin decir nada, retrocedí hacia la puerta y salí. Cerré la puerta conteniendo aún la respiración y me di cuenta de que estaba pálida de la vergüenza. Y salí corriendo.
Corrí tanto como deseaba desaparecer de la faz de la tierra, por los oscuros corredores del castillo ya de noche. Entonces, cuando doblaba la última esquina antes de llegar al vestíbulo, vi lo que jamás me imaginé ver en mi vida. O mejor dicho, no vi.
Potter. Harry Potter, un chico de Griffindor, con su amigo, el hermano menor de Percy Weasley. Me oculté tras una armadura para verlos, aunque los vi sólo unos instantes. Estaba Potter, pero no estaba él, sólo su cabeza, hablando con su amigo. No pude escuchar lo que decían. Enseguida su cabeza desapareció y un instante después, también su amigo.
Si no me equivocaba, lo que acababa de no ver era una capa invisible. Había escuchado hablar de ellas pero pensé que era un objeto tan raro que nadie lo tendría y menos en el castillo. O si alguien la tenía, ese debía ser Dumbledore, o a lo sumo Filtch, el celador. Pero nunca pensé que podría tener una uno de los alumnos del colegio.
Permanecí escondida todavía después de que sus murmullos dejaran de resonar en los pasillos.
Después me volví muy rápido a mi sala común e inmediatamente fui a mi dormitorio sin poder dormir a pensar en todo lo que había visto. Es decir, lo que no había visto.
Estuve varios días dándole vueltas a eso en la cabeza. Hasta que finalmente hice lo imprevisto, sorprendiéndome a mí antes que a nadie.
Me tomó unos días averiguar la contraseña de la sala común de Griffindor y una vez que la tuve no lo dudé más. Preparé todos los detalles para el "crimen".
Aterrada pero sin vacilar entré una noche a la sala común de Griffindor que está en la torre norte con la contraseña robada. No me fue tan difícil encontrar los dormitorios, todo allí al contrario de mi propia casa, parecía estar puesto justo para que un ladrón pudiera entrar y robarse una capa invisible.
Ya estaba ahí, podía verme: a oscuras, como una vil ladrona, revolviendo los baúles mientras todos dormían.
La encontré. La encontré y me fui sin hacer ruido prometiéndole a Potter para mis adentros que sólo la usaría y se la devolvería.
Me fui. Antes de que mi corazón se normalizara ya estaba a punto de cometer el segundo asalto.
No, no, no y no. Este era un paso que no iba a dar. Ya había llegado demasiado lejos. Pero una vez más hice exactamente lo contrario de lo que quería: mi mano y mi varita ya estaban abriendo la puerta delante de la que me encontraba.
Entré en el dormitorio completamente oscuro del profesor Snape y me quedé un buen rato allí mirándolo dormir. No sabía cómo pero ya había transgredido varias decenas de reglas: me escapé en plena noche, entré en una casa ajena, entré en los dormitorios de los chicos, robé y hasta entré en el dormitorio de un profesor.
Yo, yo nunca hubiera hecho eso. Nunca. Yo, como buena Ravenclaw, siempre respetaba todas las reglas; me aterraba la idea de romper siquiera una. Pero ahí me veía.
Bueno, debía estar contenta; era demasiado vandalismo para una sola noche. Estaba dispuesta a irme cuando tuve el último impulso. Me acerqué al profesor dormido y después de verlo tiernamente un rato con la mano temblorosa le acaricié suavemente la mejilla.
Inmediatamente el profesor se despertó causándome por poco un infarto. Se despertó y encendió una lámpara.
-¿Quién está ahí?- gritó. El profesor no me vio porque llevaba la capa de Potter.
-¡Potter!
¿Potter? ¿El profesor sabía que Potter tenía una capa para hacerse invisible, ya lo sospechaba?
Empezó a manotear en el aire, por suerte bastante lejos de donde yo estaba. Mientras estaba de espaldas a la puerta hice tiempo para escabullirme e irme.
Corrí otra vez tan fuerte como los propios latidos de mi corazón. Llegué muy agitada a la torre norte y dejé la capa sin mucho cuidado en el baúl de Harry Potter; me fui inmediatamente a mi casa, a mi habitación y no pude dormir el resto de la noche.
Al día siguiente muchos dijeron que me encontraban muy tranquila, pero nada más lejos de la realidad. Estaba muy callada y quieta, es verdad, pero mi corazón todavía seguía asustado.
Ese día Griffindor tenía clases de pociones y oí al profesor llamar a gritos a Harry Potter. Yo podía ser ya una criminal pero esto era algo que mi sentido de la justicia no iba a permitir: que culparan a un inocente.
Corrí detrás del profesor llamándolo tratando de decirle algo, aún a costa de llegar tarde a clases, algo que no había hecho nunca, pero sencillamente no me prestaba atención; era como si otra vez tuviera una capa invisible e insonorizadora.
Mientras yo trataba en vano de hacerme escuchar, lo único que se escuchaban eran sus gritos en la cara de Potter que estaba frente a su escritorio, al lado mío.
-Lo sé Potter, lo sé. Sé que estuviste anoche en mi dormitorio, ¿qué intentabas robarme?
-No, profesor, yo no.
-Profesor, profesor- llamaba yo- él no ha sido, profesor.
Pero el único que me escuchaba era Harry, que me miraba intrigado sin tiempo para prestarme demasiada atención ocupado en negar todo lo que el profesor decía.
Y no me escuchaba, los gritos seguían y nadie me escuchaba; quería gritar. Pero sin embargo hice algo mucho peor.
Alargué una mano y acaricié despacio la mejilla del profesor. Se hizo un silencio inmediato y absoluto. El pobre Potter no entendía nada de lo que pasaba, pero el profesor lo captó todo. Me miraba absorto pero con tanta furia en sus ojos negros que lo único que pude hacer ya fue bajar la mirada.
-Perdón.- le susurré a Potter.
El profesor volvió a estallar. Le quitó decenas a Ravenclaw y también a Griffindor, no sé por qué. Potter, tal vez porque estaba cerca o tal vez porque como me habían dicho siempre es blanco del profesor, también fue castigado sin hacer nada. Al menos yo lo merecía.
Fui a cumplir mi castigo a la noche siguiente. Otra vez me encontraba frente a la puerta de su despacho, pero esta vez junto al miedo el sentimiento que tenía era la resignación. Golpeé la puerta y me hizo pasar.
Abrí la puerta y vi que el despacho estaba algo cambiado. Menos iluminado que de costumbre y en lugar de su escritorio ahora había una larga mesa con velas y ...
-Cena para dos.-dijo. Sonrió y me hizo una seña para que tomara asiento. Sin embargo yo saqué mi varita y moví mi silla y platos en el aire hasta el otro lado de la mesa. Me senté junto a él y le dije:- Aaah.
El profesor hizo "ah" y fue el primer bocado que le di en la boca.
Esa noche descubrí que tantos años preparando pociones también le habían dado unas grandes dotes culinarias: el profesor era un excelente cocinero.
Poco después el profesor me dejó bien en claro que nunca tendría una relación sentimental con una alumna. Pero supongo que cuando termine el colegio tendré alguna oportunidad, después de todo para eso faltan sólo tres años.
Desde entonces nada cambió demasiado. Sigo poniéndome nerviosa en la clase de pociones y haciendo desastres, y el profesor sigue castigándome. Pero ya no me importa; para los dos es una excusa para estar juntos.
Como ahora, querido diario, no puedo creer lo rápido que pasa el tiempo cuando escribo. Ya son casi las ocho y debo ir a cumplir mi castigo como cada semana. Mañana te contaré lo que pase esta vez.
Adios.
Fin.
NOTA: Je je, ¿qué les pareció? ¿Muy largo para ser historia corta, verdad? A los que no les gusta Snape ahora deben estar un poco descompuestos o con nauseas. ¿Sintieron un escalofrío de repulsión mientras leían? Entonces está todo bien, era lo que me proponía ^____^
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