por Anië
Capítulo 5: La Ceremonia
Ya instalados cada uno en su cuarto y después de haber desayunado, cada uno de los recién llegados se dedicó a hacer lo que era necesario para que la ceremonia que se realizaría esa misma noche saliera a las mil maravillas y según lo habían previsto. Elrond fue a verificar que hasta el último detalle estuviera listo en compañía de Galadriel y Celeborn, Arwen se abocó a preparar a Anië para la ceremonia, Aragorn y Legolas se dedicaron a recorrer Rivendel y Gandalf fue al encuentro de sus pequeños amigos, los hobbits, que también habían sido invitados para la ocasión.
Las horas iban pasando y la ansiedad de todos crecía minuto a minuto, el momento tan esperado por todos los que habían mantenido en secreto la existencia de Anië se acercaba cada vez más, y al fin el mundo de los elfos y los hombres se uniría al de la sucesora de Galadriel.
El sol comenzaba a ocultarse y todo estaba ya listo en el salón más grande de la casa de Elrond. Decorado con finísimo gusto, todo en tonos blancos y con detalles plateados el salón lucía con un esplendor hace mucho tiempo no visto en Rivendel, en su centro había dispuesta una mesa que sería ocupada por quienes habían marchado desde Lórien y habían compartido el almuerzo antes de salir del Reino de Galadriel y Celeborn.
En el resto del salón las mesas habían sido dispuestas de manera que todas quedaran viendo hacia la mesa principal; cada una de las mesas estaba vestida con delicados manteles blancos con sus ribetes hechos en bordados con hilos plateados y sobre ellas la vajilla y la cristalería, igualmente delicadas, lucían brillantes.
Los primeros en llegar al salón para el festín que era parte de la ceremonia, por supuesto y como no podía ser de otra manera, fueron los hobbits que formaron parte de la Comunidad del Anillo, Frodo, Merry, Pippin, y Sam, quienes habían sido invitados especialmente para esta ocasión por haber demostrado ser tan buenos amigos y compañeros y dignos de la confianza de los elfos. Tras ellos llegó Gandalf, que los miró a todos con orgullo y les dedicó una sonrisa.
Con el salón totalmente lleno, cada uno de los que habían sido citados se preguntaban el por qué de tan importante ceremonia, la incertidumbre por lo que pasaría durante la cena los inquietaba pero raramente los llenaba de paz.
Arwen dejo lista en su cuarto a Anië y esperando a Elrond, su padrino, quien la acompañaría para ingresar al salón. La Reina de Gondor, con su misión cumplida corrió a su cuarto para cambiarse e ir a la ceremonia junto a Aragorn, que la estaba esperando ya listo y luciendo su ropa de gala.
Faltando ya minutos hicieron su ingreso al salón Celeborn del brazo de Galadriel y se dirigieron a la mesa principal, tras ellos llegaron Aragorn y Arwen, quienes fueron sentados a la misma mesa. Gandalf se despidió de sus amigos hobbits por el momento y los acompañó; solo faltaban Legolas, Elrond y Anië. En ese instante un silencio se hizo en el salón y todos giraron hacia la puerta para ver quien ingresaba.
La puerta se abrió y ante los ojos asombrados de todos entró Legolas, quien llevaba puesto un bello traje color marfil con bordados dorados digno del Señor Elfo de Ithilien y del príncipe del Bosque Negro. Todas las elfas solteras que allí estaban no podían quitarle la vista de encima, mientras él, altivo y serio se aproximó a la mesa que la que lo estaban esperando Celeborn, Galadriel, Aragorn, Arwen y Gandalf, y al llegar tomó asiento.
-¿Nerviosa, hija mía?- preguntó Elrond a Anië cuando estaban llegando a las puertas del salón.
-Más que nerviosa padrino, diría que estoy ansiosa por ver que sucederá, por observar las miradas de todos los presentes al verme, al ver a quien hasta hoy no conocían ni de nombre siquiera-.
-Si, es una situación muy emotiva, que agita sentimientos, pero que a todos nos llena de alegría y nos renueva la esperanza de un mundo mejor y en paz-, continuó Elrond.
-Lo sé, sé que significo mucho para todos, soy conciente de eso y de quién soy, de todo aquello que represento, pero así mismo no dejo de sentir temor por no saber si podré hacer bien la tarea que me es encomendada-, dijo Anië bajando la mirada.
-Hija-, dijo Elrond poniéndose frente a ella y levantando su cara con su mano, - cierra un momento tus ojos y siente lo que tiene para decirte tu corazón, en él hallarás siempre las respuestas-.
-Mi corazón... -hizo una pausa y una sonrisa se dibujó en su rostro-, si lo escucharé siempre, sé que él me guiará por el camino correcto-.
-Bien, entonces, entremos que nos están esperando-, afirmó con orgullo Elrond mientras la tomaba del brazo.
Las puertas del salón se abrieron de par en par y cada uno de los presentes se pusieron de pie para recibir a Elrond y a la elfa que venía caminando tomada de su brazo, una elfa que a todos deslumbraba con su belleza y altivez, y a la que nunca habían visto hasta ese día. Ambos con una sonrisa en sus rostros caminaron hacia la mesa mientras todos en silencio y muy atentos los seguían con sus miradas; mientras se dirigían hacia la mesa ella no podía dejar de mirar a Legolas, quien desde el lugar en que estaba de pie la observaba con dulzura y con mucha atención seguía cada uno de los movimientos de la sucesora de la Dama del Bosque.
Anië tenía puesto un hermoso vestido en todos azulados con bordados en hilos plateados y llevaba puesta en su cabeza, cuyos cabellos estaban semi-recogidos, una tiara de plata muy sencilla y con algunos cristales de roca engarzados como detalle. En una de sus manos lucía un bellísimo anillo de plata, muy finamente trabajado y que llevaba engarzada una amatista, piedra con la facultad de trasmutar las energías negativas en positivas y que aumenta los poderes de quien la lleva consigo, rodeada por marquesitas, y que había pertenecido a su madre.
Al llegar a la mesa todos se sentaron menos Elrond, quien se mantuvo de pie para dar la bienvenida a todos los presentes, agradecerles por haber asistido y comunicarles el por qué de semejante reunión.
-Maratuldë coanyanna[1], amigos míos. Los hemos convocado hoy aquí para festejar que por fin gozaremos con la paz que tanto soñamos para este mundo y para que todos y cada uno de ustedes conozcan al fin a la nueva portadora de nuestras esperanzas, a quien junto a Galadriel será la encargada de velar por un mundo lleno de esperanzas y buenaventura para cada ser vivo que habita estas tierras y quien finalmente seguirá la tarea de la gran Dama del Bosque cuando ésta deba por fin partir hacia las Tierras Imperecederas-.
Movió su mano hacia Anië, que estaba sentada a su derecha, y con una sonrisa en su rostro la invitó a ponerse de pie. Ella con sus mejillas sonrojadas, sintiendo un frío que recorría sus venas, se puso de pie y dirigió su mirada, acompañada con una sonrisa, hacia todos los que estaban presentes en la ceremonia.
-Su nombre es Anië Ancalima -continuó diciendo Elrond-, es mi ahijada y como futura Señora y Dama Blanca de los Noldor, es nuestro deber seguirla y brindarle los mismos honores que a sus antepasados tanto entre los noldor, como entre cada uno de los pueblos que habitan la Tierra Media. Levantemos en su honor las copas y brindemos por este gran momento para todos nosotros-; luego de esas palabras, los invitó a todos a sentarse y a disfrutar de la cena.
Cuando ya todos habían terminado de cenar, siguieron el festejo con baile, música y demás. Los hobbits que quedaron estupefactos con la noticia pero que no por eso perdieron el apetito, disfrutaron de cada bocado de los platos que se sirvieron y después contagiaron su usual algarabía a todos los presentes en la fiesta cantando y bailando hasta el cansancio, sólo Frodo se quedó pensativo con la buena nueva y conversando con Gandalf, como en los viejos tiempos, sobre la noticia que hoy les había dado Elrond.
En medio de tanto tumulto y bullicio, casi nadie advirtió que Anië ya no estaba en el salón salvo Legolas que no hacía más que estar pendiente de ella. Cuando después de buscarla entre todos los presentes notó que ella no estaba salió presuroso a buscarla y la encontró en uno de los balcones con vista a una cascada bellísima que formaba parte de los paisajes de Rivendel.
-¿Qué haces aquí, por qué te fuiste así?-, preguntó Legolas extrañado.
-Es que es la primera vez que comparto un momento así, con tantos presentes, y la falta de costumbre creo que me afectó, necesitaba algo de aire-, respondió ella girando su rostro hacia él.
-Verás, es que me preocupé cuando no te ví-, le dijo él
-Lo sé, sabía que vendrías a buscarme, me lo dijo mi corazón-, afirmó ella.
En ese instante, Legolas sintió que su corazón latía con más fuerza, como si las palabras que acababa de escuchar lo hubieran hechizado se acercó más a ella y la tomó de la mano. No pudo decirle nada, sólo se quedó mirándola, iluminada por la luz de la luna que ese día brillaba más que nunca en lo alto del cielo.
Ella sintió que le faltaba el aire y que su pulso se aceleraba, no podía dejar de perderse en esa mirada de bellos ojos azules que le traían paz cuando se quedaba contemplándolos y con su mano aún tomada de la mano de Legolas se le acercó más y le dijo:
-No sé que me sucede, no puedo evitar que al tenerte frente a mí mis ojos se pierdan en tu mirada-.
-Lo sé -dijo él-, a mí me pasa igual-, y se le acercó un poco más.
Así, frente a frente, con sus pulsos acelerados y cada vez más cerca uno del otro, les resultó imposible detener lo que sus corazones sentían y entonces, como aquel día en Lórien sus rostros quedaron tan cerca que cada uno respiraba el aliento del otro. Por un momento les pareció que nada ni nadie, más que ellos, existía en el mundo, y atrapados como por una especie de hechizo mágico sus labios se rozaron y se fundieron en un beso que los uniría para siempre.
"Historia de Amor Élfico en el siglo XXI" es propiedad de Anië presentado por Yersi F