"Historia de Amor Élfico en el siglo XXI"

por Anië 

Capítulo 25: Preparando el regreso. 

     Una vez concluido el almuerzo, luego de que todos recibieran las buenas y las malas nuevas, cada uno de los que allí habían estado se retiró a su habitación para hacer lo que les viniera en gana, los hobbits por ejemplo se fueron a dormir una pequeña siesta, Gandalf se puso a revisar entre sus cosas y libros de magia para ver y reunir todo aquello que pudiera serles de utilidad en la batalla que se aproximaba, Elrond, Galadriel y Celeborn se dirigieron a otra casa en la que se reunirían con otros altos elfos,  Legolas y Gimli se fueron a la sala de reuniones de la casa de la Gran Dama y Anië se fue a su cuarto para descansar un poco.

     Ya en su cuarto Anië se dedicó a recoger sus cosas, las que había traído del mundo de los hombres y algunas de las que formaban parte de sus pertenencias antes de ser capturada por Saruman. Mientras acomodaba cada una de sus cosas en su bolso para estar lista para emprender el viaje de regreso, miles de pensamientos giraban en su mente, miles de pensamientos que la llevaban siempre al mismo lugar: junto a sus dos pequeños hijos, Ailén y Uriel.

     -¡Si, es por ellos que debo pelear hasta mi último aliento!- se dijo la elfa a ella misma en vos alta y se acercó para mirar por el balcón.

     Por unos minutos se quedó con la mirada perdida en el horizonte, como si el sonido de las olas del mar llegando a la orilla la hubieran encantado, después miró desde el balcón todos los alrededores y notó que habían unas enredaderas  lo bastante resistentes junto al balcón como para que ella pudiera bajar por ellas sin que nadie lo notara y así salir a dar una vuelta tranquila, entonces se puso ropas de fajina y bajó. De lo que no se había percatado la elfa es que junto a las enredaderas, en la planta baja, estaba la ventana de la sala de reuniones y que en esa sala estaban Legolas y Gimli.

     El enano no notó los extraños sonidos en la enredadera pues estaba concentradísimo fumando su pipa y riendo a las carcajadas mientras él y su amigo elfo recordaban viejos tiempos. Legolas sin embargo, con su agudo oído elfico, captó los extraños ruidos y echó un pequeño vistazo por la ventana.

     -¡Shhhhhhh!-, dijo el elfo al enano.

     -¿Qué ocurre amigo?-, preguntó extrañado y con la voz más baja que pudo Gimli.

     -Creí oir... -en ese momento se escuchó un ruido de pies cayendo al suelo luego de dar un saltó- eso, hay alguien afuera-, dijo Legolas quien no logró ver mas que una sombra alejándose lo más rapido posible.

     -Pero... -, alcanzó a decir Gimli que fue interrumpido por Legolas.

     -Vamos, veamos de quién se trata-, dijo Legolas que salió de la sala tan rápido como pudo.

     Ambos llegaron al jardín y junto a la enredadera había unas huellas entre las hojas, Legolas comenzó a seguirlas y tras él y con mucha cautela iba Gimli tratando de hacer el menor ruido posible.

     Anië mientras tanto, luego de caminar unos 4 kilómetros, había llegado a un claro del bosque que estaba cercano a la casa de su tía, se sentó y se puso a meditar.  Respiraba cada vez más lento y su pulso disminuía notablemente, era como si hubiera entrado en un estado de trance en el que disfrutaba de una paz sin igual que podía verse reflejada en su rostro.

     Legolas y Gimli llegaron hasta donde ella y se quedaron viéndola ocultos detrás de unos arbustos, y sin hacer el más mínimo ruido. Anië seguía inmóvil cual estatua y mientras estaba en esa especie de estado de trance su cuerpo se rodeaba de una luz dorada cada vez más intensa, casi tan brillante y enceguecedora como la luz del sol, y pronunció algunas palabras en élfico que ni el príncipe, ni su amigo pudieron oír.

     Mientras pronunciaba esas palabras, Anië, aun en esa especie de estado de trance, se puso de pie y alzó sus manos hacia el cielo con las palmas hacia arriba, que ahora le brillaban intensamente como si de ellas salieran rayos de luz.

     - Anar, i ancalima, indo-ninya ië talanta, liquen ië mannarnya, vando nuhta i nuruhuinë, pella umbar nya[1]-, dijo Anië que inmediatamente se desvaneció y cayó entre las hojas que cubrían el suelo.

     Legolas al ver a su amada caer dio un gran salto de entre los arbustos y corrió hacia donde ella yacía inmóvil; Gimli salió tras el con algo más de lentitud.

     -Meleth nîn[2], te encuentras bien?-, le preguntó mientras la sostenía entre sus brazos pero ella no reaccionaba.

     -¿Qué le sucede?-, preguntó con tono preocupado Gimli.

     -No lo sé. Por favor amigo mío, ve donde la Gran Dama y Elrond, diles que Anië se descompuso y que no logro hacerla reaccionar, yo mientras tanto la llevaré a casa de Galadriel-.

     -De acuerdo-, dijo Gimli y salió tan rápido como pudo en busca de los Señores Elfos.

     Legolas levantó a Anië en sus brazos y se sintió tranquilo al sentirla respirar, aún así no dejaba de preocuparle que ella no reaccionara, y no dejaba de preguntarse que podría haberla puesto así en ese estado. Luego de un rato de caminata a través del bosque llegó con su amada en brazos a casa de Galadriel, subió las escaleras de a tres escalones por vez para hacer más rápido, entró en la habitación de su amada y la recostó en su cama, aún preocupado por verla así no podía dejar de admirar lo bella que era.

     A los pocos minutos que  Legolas recostó a Anië golpearon a la puerta de la habitación, eran Galadriel y Elrond que vinieron tan rápido como pudieron luego de que Gimli les narrara lo sucedido en medio del bosque. Elrond se quedó parado a los pies de la cama de su ahijada mientras que la Gran Dama se acercó a ella para examinarla.

     -¡Por Eru!-, exclamó con tristeza y asombro al mismo tiempo.

     -¿Qué es lo que sucede Galadriel?, ¡no me asustes por favor!-, dijo Elrond acercándosele.

     Legolas se puso blanco y sintió un frío correrle por las venas al escuchar hablar así a la Gran Dama, ¿acaso sería tan grave lo que le estaba pasando a su amada?, se preguntaba.

     -Mucho me temo que permanecerá así por unas horas, es normal luego del esfuerzo que ha hecho, pues intentó probar su potencial hasta el máximo para ver hasta donde puede llegar su poder y sentirse segura al momento de enfrentar a Saruman, lo único que lamento de todo esto es que ella pudo ver en su destino más allá de lo que yo he podido y algo hay que turbó su alma y la puso así. Pese a eso está bien, se repondrá en unas horas, ahora la dejaremos descansar. ¿Tu puedes quedarte aquí por si se le ofrece algo?-, se dirigió finalmente a Legolas que seguía mostrando preocupación en su rostro.

     -Por supuesto, no me moveré ni un segundo de su lado-, afirmó el príncipe elfo.

     Los señores elfos se retiraron de la habitación, Legolas fue por una silla que había en un rincón y la acercó junto a la cama, se sentó en ella y se quedó contemplando a su amada. A las dos horas, como había pronosticado Galadriel, Anië comenzó a volver en si, intentó sentarse en la cama pero en ese instante sintió un fuerte dolor punzarle la cabeza.

     -¿Te encuentras bien?-, le preguntó el elfo al verla nuevamente consciente.

     -Realmente no mucho. Pero, ¿que me ha sucedido?-, preguntó ella.

     -¿No lo recuerdas?-, preguntó él.

     -La verdad, no. Sólo recuerdo que estaba aquí mirando por el balcón hacia el horizonte en el mar y luego mi mente se pone en blanco. Además siento que me duele de manera espantosa-, respondió ella.

     Legolas la miraba tratando de entender, pero cada vez se sentía más confundido, las palabras de Galadriel se repetían una y otra vez en su mente, y que su amada no pudiera recordar ni siquiera que saltó por la ventana ayudándose con las enredaderas y fue hasta el bosque lo intranquilizaba más aún.

     -Te noto algo preocupado –dijo ella ya sentada en la cama y acariciando una de sus mejillas-; ¿sucedió algo malo?-.

     -No lo creo, además la Gran Dama dice que te recuperarás-, afirmó Legolas.

     -¿Recuperarme?, ¿de qué?-, preguntó ella.

     -De tu desvanecimiento, en el bosque. Allí te encontré, tal y como estás ahora vestida. Debo confesarte que no te encontré allí por accidente sino que te seguí cuando te vi prácticamente saltar del balcón y así vestida, algo en mi corazón me dijo que lo hiciera y entonces fue que llegué hasta aquel claro del bosque y me quedé observándote de lejos para cuidarte de que nada malo pudiera sucederte. Está bien que aquí eso es imposible pero aún así ya no quiero correr más riesgos, no voy a perderte otra vez-, le dijo mirándola fijamente a los ojos y la estrechó entre sus brazos tan fuerte como pudo.

     Ella pudo sentir la angustia de su amado cuando éste la abrazó y lo abrazó aún más fuerte.

     -Meleth nîn, siempre estaré a tu lado, no debes temer por mí-, dijo ella ahora mirándolo a los ojos con gran dulzura.

     -Aún así, no puedo evitar preocuparme por ti, ambos sabemos que los tiempos que vienen no serán nada fáciles...-, ella lo calló poniendo uno de sus dedos sobre sus labios.

     -¡Shhh!, no digas más, confía en mi, todo estará bien-, dijo Anië.

     Él se quedó viéndola y acarició su larga cabellera, luego le acarició el mentón con ternura y le dijo.

     -Confío en ti, pero te amo y si algo llegara a pasarte- ella bajó su mirada por un instante y él levantó su rostro con suavidad- no sé que sería de mí-

     Ambos se quedaron mudos, perdidos cada uno en la mirada del otro, sintieron que sus corazones latían más intensamente y no pudieron evitar dejarse llevar por esos deseos tan intensos de besarse. La besó suavemente, ella le correspondió y sintió su piel erizarse, él sintió como si miles de mariposas batieran sus alas en su estómago, no podían ni querían dejar de besarse; de pronto alguien golpeó a la puerta y el beso tan apasionado en el que ambos se estaban fundiendo se interrumpió para dejar a los dos cara a cara con sus mejillas sonrojadas y a punto de comenzar a reírse.

     Él se levantó y quedó de pie junto a la cama de su amada, ella aún sentada en la cama le indicó a quien se encontraba tras la puerta que podía pasar.

     -Adelante-, dijo Anië.

     -¿Permiso?, dijo la tímida voz de un mediano tras la puerta mientras la abría.

     -¡Frodo!- exclamó la elfa al verlo.

     -Me enteré que te sentías algo mal y quise venir a ver como estabas y si se te ofrecía algo-, dijo el hobbit muy amablemente.

     -Gracias Frodo, ya me encuentro mucho mejor, y la verdad es que de momento no se me ofrece nada, además ya me dejaron a alguien encargado de eso –dijo con una sonrisa en su rostro y mirando hacia donde Legolas se encontraba de pie-, pero aún así tu visita me hace muy bien y te agradezco infinitamente tu amabilidad y preocupación-.

     -Entonces no te robo más tiempo pues imagino tendremos tiempo de conversar esta noche durante la cena de despedida-, dijo ahora Frodo acercándose a la puerta para salir de la habitación.

     -Es cierto, ya mañana en la mañana bien temprano partiremos otra vez hacia el mundo de los hombres, y aunque mi corazón está allí con mis hijos, una parte de él se quedará aquí junto a ustedes y la otra partirá ansiando que el momento de regresar llegue pronto-, dijo Anië con  algo de tristeza.

     -Nosotros también estaremos esperando con ansias que llegue ese momento, Mi Señora –dijo Frodo en tono solemne.

     -¿Mi Señora?-, preguntó extrañada Anië.

     -Pues si, te he llamado así porque a tu regreso, no importa cuando sea, tu ocuparás el lugar que te corresponde entre nosotros y ese lugar está junto a la Gran Dama y a los Altos Señores Elfos, ¿imagino no has olvidado quien eres, no?-, dijo en tono algo burlón el hobbit.

     -Por supuesto que no, pero a mi regreso el primer lugar que debo ocupar es el de...-fue interrumpida por Legolas.

     -El de mi esposa-, dijo el joven rey con una sonrisa en su rostro.

     -Bien, ahora si los dejo, nos vemos en la cena-, dijo Frodo y salió de la habitación.

     No había terminado de cerrar la puerta que nuevamente alguien estaba tras ella tocando.

     -Adelante-, dijeron ambos elfos al unísono.

     Esta vez quien cruzó la puerta no fue otra que Galadriel, si la Gran Dama que a su paso todo lo iluminaba con la hermosa y radiante luz que se desprendía de su cuerpo. Como era habitual en ella les dirigió a ambos una dulce sonrisa y luego mirando a Legolas le dijo:

     -Si no es mucha molestia, desearía poder hablar a solas con mi sobrina, no lo tomes a mal pero es un tema solo para las damas-, dijo algo seria pero aun con una sonrisa en su rostro.

    -¡Oh!, no es molestia-, dijo Legolas haciendo una reverencia a la Gran Dama y se acercó a su amada para despedirse hasta la hora de cenar.

     -¿Estarás bien, verdad?-, le preguntó.

     -Puedes ir tranquilo, además no podía quedar con mejor compañía, ¿no es así?-, dijo ella mirando a su tía con una sonrisa cómplice.

     -Tenna i lómë[3]–dijo a su amada mientras le tomó una mano y se la besó-, nai Eru veryuva le[4]-.

     -¡Hantalë!, meleth nîn-, respondió ella acariciando suavemente una de las mejillas de su amado.

     Legolas salió de la habitación y algo en su corazón le decía que había algo que no estaba tan bien, pero ¿qué sería?, tal vez sólo eran tonterías y nada más. Galadriel se acercó lentamente hacia la cama donde aún permanecía su sobrina descansando luego de su desvanecimiento en el bosque.

     -Hija mía, ¿puedo sentarme junto a ti?-, dijo señalando el borde de la cama con una de sus manos.

     -¡Claro que si tía!, ¿cómo me preguntas semejante cosa?-.

     -Hantalë-, dijo y se sentó.

     -Veo en tus ojos que aquello de lo que deseas hablarme no es del todo bueno, ¿verdad tía?-.

     -Tal vez. De lo que quiero hablarte es de lo que te sucedió esta tarde, Legolas se preocupó mucho por ti y realmente a mi me inquieta bastante lo que te sucedió. Verás, siento en mi corazón que tu poder es aún más grande que el mío y presiento que tu pudiste ver por unos instantes en el futuro como si lo hubieras hecho en el espejo de agua pero sin el espejo, como si mientras meditabas hubieras podido ver todo aquello que fue, que será y que podría llegar a ser-, dijo Galadriel.

     Anië se quedó perpleja, un nudo se le hizo en la garganta y no podía pronunciar palabra alguna, su corazón pareció detenerse por unos segundos al oir aquellas palabras, es que la Gran Dama, ¿acaso sabía exactamente lo que le había sucedido?.

    -Hija, no temas contarme lo que pasó, lo veo en tus ojos, hay algo que turba esa mirada y le quita brillo, hay algo oprimiéndote el corazón, confía en mi, muile-lya yéva muina[5], pero al menos cuéntame a mi lo sucedido, no dejes que ese dolor te oprima el corazón, tal vez podamos encontrarle una solución-.

     -¿En serio prometes no decirle nada a nadie?, y mira que nadie significa ni a Celeborn, ni a Elrond y Gandalf, y mucho menos  a Legolas-, dijo Anië.

     -¿Qué es eso tan grave  que no quieres que nadie sepa?, ¡por  Eru!, ¡hija no aumentes tu dolor!, permíteme ayudarte-, dijo al mismo tiempo que tomaba de las manos a su sobrina.

     -Tía, verás, yo...-hizo una breve pausa, tomo aire y continuó-, tu sabes que siempre me ha traído mucha paz meditar en el bosque, entonces luego del almuerzo sentí que quería y necesitaba hacerlo como antaño y que mejor que hacerlo entre los árboles de estas tierras sagradas. Lo que no quería es que todos estuvieran tras de mi todo el tiempo, sé que los preocupa mucho el que me encuentre bien y se los agradezco pero necesitaba hacerlo en soledad y por ese motivo es que me cambié y salí a escondidas hacia el bosque, cuando llegué al claro donde me encontraron desmayada sentí una energía especial que me llenaba de fuerza y paz, me senté en el lugar y comencé a meditar para renovar mis fuerzas y volver mejor preparada para enfrentar a Saruman y su maldad. Mientras meditaba fui entrando como en una especie de trance que me transportó hacia el mundo de los hombres y pude ver muchas cosas que pasaron y no entendía, ahora puedo entenderlas, muchas cosas que pueden llegar a ser pero que puedo impedir, y ...-hizo nuevamente otra pausa un poco más extensa y antes de proseguir los ojos se le nublaron por las lágrimas que tímidamente dejó rodar por sus mejillas-,...y, bueno, me enfrenté con mi destino, eso es todo-, explicó Anië

     -¿Realmente te enfrentaste a tu destino, o fue tu propia muerte lo que viste?, y ahora debes ser sincera conmigo, no olvides que puedo ver en tus pensamientos-, dijo Galadriel.

     -Lo sé, no lo olvido, y me sorprende que me hayas venido a preguntar todo esto cuanto sólo te alcanzaba con leer en mi mente y corazón-, dijo Anië.

     -Esperaba poder hacerlo como lo hice, preguntando y confiando en que podrías contarme como antes las cosas. Ahora, eso no termina de responder a mi pregunta-, indagó la Gran Dama.

     -No, no fue exactamente mi muerte la que ví; ví la muerte de uno de los seres a quienes más amo en mi vida, y no lo dejaré morir, nadie morirá por mi aunque eso signifique que debo sacrificar mi propia vida-, respondió Anië.

     -¡Por Eru!, ¿qué es lo que vas a hacer?-, preguntó Galadriel.

     -No os preocupes, el mundo estará a salvo, Saruman será vencido y todos podrán vivir en paz, sólo te encomiendo que cuando yo no esté tu veles por la vida de todos aquellos a quienes amo y que no permitas jamás que estén tristes por mi porque seguiré junto a ellos en sus corazones, eso incluye a mis hijos, que aunque los tuve con un humano llevan también mi sangre y la tuya corriendo por sus venas-, solicitó Anië a la Gran Dama.

     -¡Anië! –suspiró Galadriel-, ¿nada puede hacerse para cambiar ese destino?-.

     -No, es mi vida o la suya, y yo ya tomé una decisión que espero respetes, por lo menos me habré ido cumpliendo mi misión-, dijo secándose las lágrimas de sus ojos.

     -Te diré esto último y no diré más, no estoy de acuerdo con tu decisión pues creo que no es tarde para ver que se puede hacer que pueda evitar semejante pérdida, no obstante la respeto y aunque me duela la acepto. ¡Ah!, no te preocupes, muile-lya yéva muina-, dijo a su sobrina con tristeza, se puso de pie y en el mayor de los silencios salió de la habitación.

     La tarde ya había caído y las primeras estrellas comenzaban a brillar en el firmamento, ella que se había quedado dormida luego de la conversación con Galadriel, despertó cuando sintió una fría brisa entrar por el ventanal. Se incorporó y se dispuso a cambiarse para la cena, fue hacia su cómoda y vio sobre ella una rosa de plata acompañada por una carta que su amado le había escrito y que había dejado allí mientras ella dormía.

     “Meleth nîn –decía la carta-, esta rosa de plata es una manera más de decirte con algo más que palabras cuanto es lo que te amo, una vez más le doy gracias a Eru por habernos reunido nuevamente, por darnos otra  vez la posibilidad de vivir en algún momento nuestro amor –al leer esas palabras sintió una fuerte puntada en su corazón y sus manos le temblaron por unos segundos-, espero, más bien anhelo, que ese momento llegue lo más pronto posible. Aunque parezca raro, comprendo muy bien tu postura con respecto a respetar los tiempos, de hecho yo haría lo mismo, para que ni tus hijos ni Esteban sufran, acepto tu decisión de compartir tu vida hasta el final de sus días pues nosotros tenemos toda una eternidad para disfrutar luego juntos; no negaré que esta situación me duele y hasta me hace sentir algo celoso de él, pues él tiene ahora todo aquello que yo anhelaba y anhelo tener. Más allá de toda esta penosa situación, tanto para ti como para mi, Esteban es un gran hombre y no merece sufrir, yo te acompañaré y aceptaré en cada decisión que tomes. Eternamente tuyo... Legolas Thranduilion[6]”.

     Al terminar de leer la carta no pudo contener sus lágrimas y sin querer dejó la carta que súbitamente recogió y guardó en su bolso junto a la rosa de plata. Fue a su armario y tomó de uno de los estantes la caja con el anillo que Légolas le había obsequiado ese medio día cuando pidió nuevamente su mano en matrimonio y se lo puso, buscó entre los vestidos y tomó uno que era bellísimo y que ni ella recordaba tener, combinaba perfectamente con los tonos de las flores del anillo y entonces se cambió. El vestido era de una tela aterciopelada color entre uva y morado, ceñido a la cintura, con mangas largas que se hacían Oxford en los extremos, con un escote cuadrado al frente cuyo borde estaba todo bordado en piedras al tono y en hilos de plata como el resto de los detalles de la cintura y de los bordes de las mangas y del ruedo del vestido.

     Entre sus pertenencias encontró un cofre, lo abrió y en él encontró la tiara de plata que había sido de su madre, la tomó y se la puso sobre el cabello que llevaba levemente recogido, pensó que esa era la perfecta ocasión para lucirla, o ¿acaso tendría otra oportunidad?, sabía que no y no cambiaría de decisión, además era una cena casi de gala donde se despediría de muchos de sus seres queridos y la ocasión ameritaba semejante honor.

     Ya estaba lista, respiró profundo y fue hacia la puerta, la abrió, su corazón creyó morir en ese momento ante la sorpresa que sus ojos habían descubierto. Tras la puerta estaba su amado Legolas esperándola para acompañarla hasta el salón donde cenarían. Él, al verla quedó estupefacto de la emoción, estaba más linda que nunca, su pulso se aceleró, su respiración se entrecortó por unos segundos y luego se acercó lentamente a ella y le tomó la mano.

     -Vanimelda[7], nos esperan para cenar, estás realmente bellísima esta noche-, dijo el elfo.

     -Hantalë, Legolas. Vamos, no los hagamos esperar-, dijo Anië.

     Ambos, tomados de la mano bajaron por las escaleras y se dirigieron hacia el salón donde los estaban esperando para cenar,  al llegar frente a la puerta Legolas le ofreció su brazo para que ella se tomara de él y entraran juntos como futuros esposos, ella aceptó con una sonrisa que resplandecía en su rostro y al tomarlo del brazo Legolas pudo notar que llevaba puesto el anillo que le había obsequiado y se sintió inmensamente feliz.

     Entraron al salón del brazo y todos los presentes voltearon para verles, ambos lucían más bellos que nunca y al estar juntos sus auras resplandecían con mayor intensidad, no cabían dudas, estaban hechos el uno para el otro. Legolas estaba tan elegante como ella, lucía un pantalón color manteca acompañado por unas botas de cuero marrón tostado y una chaqueta blanca aterciopelada bordada muy finamente con hilos de oro y plata, sobre su rubia cabellera también lucía una tiara plateada que lo identificaba como príncipe, se sentaron y compartieron una muy bella velada junto al resto de sus amigos allí presentes.

     Durante la cena, tanto Anië como Galadriel no dejaron de cruzarse miradas en las que no hacían falta palabras, cada vez que sus miradas se cruzaban sus ojos se nublaban de tristeza, pero ambas tenían un pacto de silencio y por más pena que la Gran Dama sintiera no faltaría a su promesa de mantener en secreto lo que su tan amada sobrina le había contado. Luego de la cena todos compartieron una rica copa de hidromiel y luego se retiraron a sus habitaciones para dormir. 


 

[1] -Sol que tanto brillas, mi corazón está caído, todo el mundo está en mis manos, juro detener a las sombras de la muerte, más allá de mi destino-, mezcla de Quenya y Sindarin.

[2] -Amor mío,…, en Sindarin.

[3] -Hasta la noche-, en Quenya.

[4] …, que Eru te guarde-, en Quenya.

[5] …, tu secreto estará oculto, en Quenya.

[6] Legolas, hijo de Thranduil, en Quenya.

[7] Hermosa mía, en Quenya.

 


"Historia de Amor Élfico en el siglo XXI" es propiedad de Anië  presentado por Yersi F

~* Yersi-Nirvana*~