por Anië
Capítulo 30: Amor mío, no te dejare ir.
Entre Dante y Saruman sujetaban a Anië mientras esta hacía inútiles esfuerzos por soltarse y escapar, su padre le había puesto una mordaza que impedía que ella pronunciara conjuro élfico alguno que la ayudara a salir de aquella situación.
-No malgastes energías querida mía, no te servirá de nada esta vez-, le dijo Saruman con sorna mientras Dante la amarraba a una silla.
-Bien Maestro, ¿qué sugiere que hagamos ahora con ella?-, preguntó el padre humano de Anië.
-Lo que debí haber hecho hace tanto tiempo atrás cuando la muy condenada se negó a ser miembro del lado oscuro, ¡matarla!-, dijo ahora el mago oscuro sacando una daga de entre sus ropas.
Anië continuaba sin éxito tratando de desatarse mientras que Saruman y su padre se burlaban y reían de ella, y comenzaba a sentirse culpable pues debido a su imprudencia ahora estaba en riesgo el futuro del mundo, si Saruman se salía con la suya y la mataba la esperanza de los elfos y los hombres de buen corazón, de que el mundo podría estar mejor y no seguir cayendo en las manos de los hombres fríos y cegados por la ambición de dinero y poder estaba perdida; no dejaba de preguntarse una y otra vez ¿qué he hecho?.
Saruman la tenía agarrada de los pelos de manera tal de poder ver su expresión cuando por fin le quitara la vida a la elfa que tantos dolores de cabeza le había traído, tomó la daga con su mano derecha y se preparó para clavársela directo en el corazón. En ese instante la puerta de la oficina de Dante se abrió de manera abrupta logrando que el mago detuviera su actuar por unos segundos.
Tras la puerta hicieron su aparición Nano y Legolas quien muy velozmente lanzó un puñal hacia la mano en que Saruman tenía la daga con la que iba a matar a Anië logrando que el golpe que recibiera el mago en su muñeca le hiciera soltar la afilada daga.
-No te atrevas a lastimarla y aléjate de ella-, ordenó Legolas a Saruman.
Nano tomó el perchero de pie que había en un rincón de la oficina y se valió de él para amedrentar al padre de su amiga y hacer que se aleje de ella. Cuando Dante y su maestro se alejaron de ella Legolas se acercó a la silla la desató rápidamente y le quitó la mordaza.
-¿Estás bién?,- le preguntó muy dulcemente sosteniendo con sus manos el rostro de su amanda.
-Por Eru y gracias a ustedes sí, si hubieran llegado unos segundos más tarde, no quiero ni pensar en lo que me habría pasado. Ahora por favor sáquenme de aquí-, le dijo ella aún temblando de pavor.
-Tranquila –le dijo ayudándola a ponerse de pie-, ¿crees que puedes caminar hasta la salida?-, le preguntó luego al verla aún temblando.
-Sí, por favor salgamos de aquí de inmediato-, dijo ella.
Mientras Nano seguía acorralando en un rincón a Saruman y Dante, Legolas y Anië salieron de la oficina, él los siguió y cerró la puerta de manera tal que no pudieran seguirlos pero Saruman con un conjuro enseguida logró abrirla y salió junto a Dante tras ellos.
Los tres bajaron las escaleras lo más rápido que pudieron y tratando de sacarles ventaja a Dante y Saruman que venían tras ellos lanzando conjuros que Anië deshacía en segundos, llegaron a la puerta principal y tras forzarla porque estaba cerrada lograron salir y comenzaron a correr por la vereda, casi llegando a la esquina Saruman lanzó su daga mortal cual flecha apuntando directo al corazón de Anië pero por la espalda. Legolas al escuchar el siseo de la daga surcar el aire y al ver a su amada en peligro de muerte se interpuso entre esta y Anië, empujándola a un lado y recibiendo él la herida.
La daga fue certera y se clavó a escasos centímetros del corazón en el pecho de Legolas que se desplomó ante los ojos de Nano y Anië. La elfa, en cuento vio a su amado caer se tiró al piso para intentar socorrerlo.
-Legolas, ¡noooooooooooooooooooooooooo! -gritó la elfa al ver la daga clavada en el pecho de su amado que yacía en el suelo.
-No te preocupes, no es nada-, dijo el elfo con dificultad y tratando de incorporarse.
-¿Por qué lo hiciste?, ¿por qué?-, preguntó ella a punto de llorar.
-Porque te amo, ¿por qué otra cosa sino?-, respondió él.
-Anië, no quiero importunarte pero se nos acercan-, le avisó Nano al ver que Saruman y Dante se les aproximaban.
-Ven junto a nosotros, ¡nada podrán hacernos!-, dijo la elfa.
Una vez que Nano ya estaba junto a ellos, Anië cerro los ojos y pronunció un conjuro en voz muy baja, tan baja que era imposible descifrar si lo había dicho en el idioma de los hombres o en el idioma élfico. Al terminar de pronunciar aquellas palabras irreconocibles se hizo alrededor de ellos un escudo, como media burbuja, protector que impedía que les llegaran los ataques de Saruman y Dante.
-No se preocupen, yo los protegeré, aunque no sé por cuanto tiempo-, dijo Anië a Legolas y a Nano.
Mientras Saruman y Dante los atacaban y hacían innumerables esfuerzos por destruir el capo de fuerza que protegía sus vidas, Anië se comunicaba a través de sus poderes de manera telepática con Elrond.
-¿Padrino me escuchas?, ¿padrino?-, decía mentalmente la elfa que luego de varios intentos logró ponerse en contacto con Elrond.
-¡Hija mía, por Eru!, ¿dónde estás?-, dijo el Señor Elfo.
-Estoy bien, no te preocupes, sucede que Saruman y Dante, mi padre humano, nos están atacando, de momento tengo un escudo de fuerza protector pero no durará mucho tiempo porque la energía se me está agotando, además Legolas está herido. Padrino, necesito que con Gandalf me ayuden para que entre los tres invoquemos algo que nos ayude a escapar y poder volver-, dijo Anië cada vez más preocupada por el estado de Legolas que en cualquier momento quedaría inconsciente por el dolor que le causaba la herida.
-¡Dame unos minutos, hija mía!-, dijo el Señor elfo mostrándose preocupado.
-Padrino, no sé si tenga unos minutos, necesito de vuestra ayuda ¡ya!-.
-Está bien –dijo telepáticamente a su ahijada-, Gandalf, por favor tenemos que ayudar a Anië, ella, Legolas y Nano están en grave peligro y necesitan huir de Saruman-.
Justo cuando Anië sintió que sus fuerzas la abandonaban y que todo estaba perdido una extraña energía la envolvió, entonces se puso de pie y manteniendo el escudo de energía que los protegía con firmeza oyó las voces de Gandalf y Elrond acompañando el susurro del viento, es ese instante los tres desaparecieron por arte de magia del lugar donde estaban para reaparecer en cuestión de segundos en la cocina de la posada.
Cuando aparecieron, ante los ojos atónitos de Elisa, Cleo y Gimli, Elrond y Gandalf se acercaron de inmediato hacia Anië y Legolas que yacían en el piso.
-¡Vamos, hay que llevarlos a mi habitación urgente!- dijo Elrond.
-Si, no tenemos tiempo que perder-, enfatizó Gandalf.
Nano levantó a Legolas y Elrond a Anië y se dirigieron lo más rápido posible hacia la habitación del Señor Elfo, ya había pasado algo más de media hora desde el medio día y Elisa y Cleo se quedaron preparando el almuerzo para los pequeños que eran los únicos que aparentemente comerían después de todo lo sucedido, debido a que los ánimos del resto no estaban como para almorzar y que a ellos los habían mantenido al margen de todo lo acontecido con su madre. Entraron al cuarto y los recostaron a ambos en la cama de Elrond, Anië comenzó en seguida a recobrar el sentido mientras que Legolas estaba empeorando.
-¿Cómo está?-, preguntó la elfa sentándose en la cama y tomándole la mano a su amado que estaba cada vez más frío.
-Lo siento hija, pero temo que está muriéndose-, le dijo su padrino apoyándole una de sus manos en su hombro.
-Noooooooooo, no puede morirse, ¡la daga ni siquiera ha rozado el corazón!-, dijo ella con lágrimas en sus ojos.
-Me temo que nada puede hacerse querida mía, la daga estaba envenenada con un veneno que no tiene antídoto que yo pueda hacer-, dijo Gandalf con tristeza en su voz.
-¿Cómo que nada puede hacerse?, ¡Gandalf!, tú tienes que poder salvarlo-, dijo indignado Gimli.
-Padrino, tu salvaste a Frodo aquella vez, ¡por favor!, no lo dejes morir-.
-Hija lo siento, aquí no tengo magia suficiente como para devolverle la vida que se le está yendo y aunque lo trasladáramos lo más rápido posible a Eldamar donde tal vez pueda hacer algo no llegaríamos a tiempo-.
Nano miraba la situación sin poder decir palabra que pudiera reconfortar a su amiga ni a ninguno de los que allí estaban, incluso él se sentía muy apenado pues en el tiempo que llevaba Legolas allí se habían hecho buenos amigos.
-Anië-, balbuceó Legolas con mucha dificultad y apretando levemente la mano con la que ella lo estaba sujetando.
-Meleth nîn –dijo ella tomándolo ahora entre sus brazos y acercando su rostro cada vez más pálido contra su pecho-, a si i-dhúath ú-orthor, ¿renech i lu i erui govannem?. Ú-erin davo, ú lû erui, ului , dannen le egor ú-erin le devi, tellin men achae, brennin men anann, lasto beth nin, tolo dan na ngalad, merin órenyallo sa ava firlyë-uva. Ú i vethed nâ i onnad, nâ boe ú i, ôl dûr ristannen ar varna mi inya yanqui loslyë-uva [1]–susurró a su oído, hizo una pausa, lo abrazó aún más fuerte posando una de sus mejillas sobre su rostro y dejando una lágrima caer sobre él continuó-, tyelperin nire, silivren pennamíriel o menel, kaluva tennoio, an ele ná oie[2]-.
Gandalf, Nano, Elrond y Gimli se mantenían en silencio observando cómo ella lo tenía entre sus brazos, cómo ella lloraba sin consuelo. De pronto y ante sus asombrados ojos un halo de luz plateado envolvió los cuerpos de Legolas y Anië por unos segundos, cuando el halo desapareció ella se desvaneció junto al cuerpo de su amado.
-¡Por Eru!, ¿qué has hecho hija mía?-, dijo Elrond al acercarse junto a su ahijada.
-¿Qué ha sucedido?, ¿qué le pasó a ella ahora?-, preguntó Nano con la voz entrecortada por los nervios.
-Me temo que nada tan grave como la muerte, pero tampoco muy bueno-, dijo Gandalf que se había acercado a la elfa y la tenía tomada de la mano.
-¡Gandalf!, podrías ser un poco más preciso, no entiendo de que hablas-, dijo el enano.
-¡Ni yo!-, esclamó Nano.
Gandalf tomó aire, intercambió una mirada cómplice con Elrond y cuando estaba a punto de dar una explicación al respecto Légolas reaccionó. Gimli dio un grito de alegría y se acercó a su amigo para abrazarlo por la felicidad que le daba verlo bien, mientras tanto Anië seguía inconsciente.
-¿Qué ha sucedido?-, preguntó el elfo algo aturdido sin haber notado todavía que el cuerpo de su amada yacía inconsciente junto a él.
Nadie le respondió, todos guardaron silencio, incluso Gimli que estaba feliz de verlo bien no pudo ocultar su rostro de angustia por el estado de la elfa y él entonces notó que ella estaba junto a él.
-¡Anië!, ¿qué le sucedió?- preguntó a Elrond totalmente angustiado.
-Me temo que ella –dijo ahora Gandalf dando su explicación y viendo a Nano y a Gimli- tardará un rato más en reaccionar pues no tiene nada grave, aún así habrá que cuidarla de cualquier ataque de Saruman y sus secuaces durante los próximos tres días pues después de lo que hizo estará débil para enfrentarlo, ha gastado casi toda su energía en que no murieras.
-¡Cómo!-, exclamó Legolas sintiéndose culpable al verla así.
-Verás, ella me pidió que no te dejara morir pues la daga con la que te hirieron, si bien no te provocó una herida mortal, estaba emponzoñada con un veneno para el que aquí no tenemos remedio y con mi magia aquí no podía ayudarte, ni yo ni Gandalf podíamos y aunque intentáramos llevarte a Eldamar para hacerlo no ibas a resistir y morirías en el viaje. Todos, créeme, con mucho pesar ya nos estábamos haciendo a la triste idea de que murieras, todos menos ella que te tomó en sus brazos lo más fuerte que pudo y te sujetó como no queriendo dejarte ir, al cabo de unos minutos una lágrima rodó por su mejilla y cayó en tu rostro, esa lágrima suya te devolvió la vida y le restó años a la suya-, explicó Elrond.
-¿Hizo qué?-, preguntó nuevamente Legolas.
-Te dio parte de su energía vital para que no murieras, eso ahora la dejó muy vulnerable y si Saruman o alguno de sus secuaces la ataca o ataca a alguien y ella intenta defenderlo podría llegar realmente a morir. Te regaló parte de su vida para que tu siguieras viviendo-, respondió nuevamente el Señor Elfo.
-¡Por Eru!, ¿qué locura la llevó a arriesgarse tanto, a arriesgar todo?-, dijo el príncipe elfo bajando su mirada.
-¡El amor!-, exclamó Gandalf.
En ese instante Anië comenzó a reaccionar muy lentamente, aún estaba muy aturdida por lo que había sucedido y se sentía algo mareada pero pese a ello se incorporó y se sentó en la cama junto a Legolas que de inmediato la estrechó entre sus brazos.
-¿Por qué lo hiciste?-, preguntó compungido Legolas.
-¿Por qué crees?- dijo ella casi sin aliento aún y mirándole fijamente a sus profundos ojos azules.
-Creo imaginar, pero no puedo entenderlo-, le dijo él.
-Sé que nadie tal vez pueda entenderlo, pero ¿acaso tu no hiciste lo mismo por mí?-, le susurró ella a su oído al mismo tiempo que lo abrazaba con una inmensa ternura.
-Si, soy capaz de dar mi vida por ti-, le respondió.
-Entonces sí lo entiendes –le dijo tomando su rostro con ambas manos-, entiendes porque no te dejé ir, no podría seguir viviendo sin ti, prefiero mil veces tener menos tiempo de vida que vivir una eternidad sin tenerte a mi lado, sin poder verme en tus ojos-.
Ambos se abrazaron fuertemente como queriendo detener el tiempo en ese instante, sin prestar atención a los que los estaban rodeando, como intentando olvidar todos los malos momentos vividos y con la esperanza de algún día poder vivir aquel amor tan profundo que cada uno sentía por el otro.
[1] …, la sombra todavía no se acerca, ¿recuerdas cuando nos conocimos?. No puedo rendirme, ni ahora ni nunca, has caído pero no puedo dejarte, hemos llegado tan lejos, hemos soportado tanto, oye mi voz, vuelve a la luz, deseo de corazón que no mueras. Este no es el final, es el principio, es necesario que lo sea, el sueño oscuro se ha acabado y a salvo entre mis brazos dormirás-..., en Sindarin.
[2] …, Lágrima Plateada, brillo que baja brillando como joyas del firmamento, brillarás eternamente, porque eres imperecedera-, en élfico.
"Historia de Amor Élfico en el siglo XXI" es propiedad de Anië presentado por Yersi F