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Aquel día Nicolás vacilaba en entregarles las cartas a Milagros y a
Anélida, ¿sería bueno decirles a ambas que todo el en que Egisto y
Abelardo les dieron su amor sólo fue un juego vil?
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Mientras Nicolás iba hilvanando estos pensamientos en su cabeza, sus
paso fueron a dar con unos hombres que estaban quemando unas llantas, y
al verlo le dijeron solamente:
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— Oiga señor, ¿no tiene alguna basura para quemar?
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Nicolás miró las cartas y concibió un pensamiento en su mente, dárselas
a aquellas personas para que las quemaran y así no herir a las amigas de
su esposa, y en especial a su protectora, Anélida. Pero esa no era su
moral, les diría la verdad antes de que ambas vivieran en una mentira,
sólo les contestó:
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— No tengo, pero de todos modos, gracias.
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Todo pasó en un instante, muy pronto, Egisto y su padre ya llevaban como
dos horas esperando por la camioneta que los conduciría a la comunidad
huichola de Santa Lucía de Aragón, ya que tenían mucha prisa.
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— Egisto, espero que después de esto, no vuelvas a repetirlo. — comenzó
a reprender el papá de Egisto — Está bien que tengas aventuras, pero
para la próxima vez fíjate con qué clase de mujer; imagínate si antes de
que te cases sepan que tuviste un amorío, con una de esas... indias
huicholas.
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— Papá esta bien, no lo repetiré, pero al menos no le afectará tanto a
Abelardo, y eso de que él... — contestó Egisto, pero su papá lo detuvo
antes de que mencionara la acción que arruinaría a su amigo socialmente
—.
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—... sí se acostó con una de ellas. — completó él en voz baja — Mejor
cállate y pregúntale a ese huichol que va en camino.
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Egisto tomó paso firme y se dirigió hacia él, éste lo reconoció
inmediatamente y le preguntó qué se ofrecía, Egisto le dijo:
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— ¿Eres el amigo de Milagros y Alfonsina?
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— Sí, así es señor. — contestó secamente éste —.
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— ¿Me podrías hacer un favor? Mira, no iré a Santa Lucía ya que tengo
compromisos muy importantes de negocios al igual que mi amigo Abelardo
en Puebla. Quiero que les entregues estas cartas y les digas que ya no
queremos nada con ellas, es decir, que el amor que les tuvimos llegó a
su fin.
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— ¿Y alguna razón en especial por la que quieras dejar a Alfonsina?
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— Hay cosas que pueden ser y no pueden ser, el amor entre Alfonsina y yo
es una de esas cosas que no deben ser. Mírame yo soy un empresario
renombrado y ella una simple india, ¿qué dirán los demás?
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— Mire, no es que me guste meterme en los asuntos de los demás, pero
pienso que el amor verdadero se da sin importancia de clases,
posiciones, raza... Si astéd quiere a Alfonsina en verdad dígale que ya
no la quiere de frente y a la cara como hombre que es.
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— Yo sé lo que hago. — dijo enojado Egisto y lo dejó plantado a Nicolás
como si nada —.
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Junto con su padre pidió un taxi que los llevara a la central de
camiones, en ese instante el taxista tenía una aria de ópera, tal vez
muy desconocida para el huichol:
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- Addio, fiorito assil...
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Nicolás por fin llegó al jacal donde se encontraban Pilar, Milagros y
Anélida. Pilar corrió a recibirlo muy alegre, pero él la detuvo, ella
con la mirada le preguntó porqué había hecho eso, pero él le dio a
entender que quería hablar con sus amigas.
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Pilar dejó que se acercara a ellas, Milagros le preguntó:
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— ¿Qué pasa Nicolás?, qué fue de Abelardo, ¿lo viste?
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— ¿Y qué hay de Egisto? — preguntó angustiada Anélida —.
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Por un momento Nicolás quedó en el silencio, pero comenzó diciendo:
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— Anélida, me encontré con Egisto, el me pidió que te diera esta carta.
En cuanto a ti Milagros, no vi a Abelardo, pero él también te dejó una.
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Se las dio a ambas, en silencio observó cómo las leían para que después
diera comienzo las lamentaciones, y por primera vez, pudo divisar en el
rostro de Anélida un gran dolor, pero a pesar de esto, su fuerte
carácter no se lo permitió expresar.
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— Amado Egisto, moriste... — musitó entre dientes —.
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Pero las cosas fueron muy diferentes con Milagros, ella lloriqueó al
saberse abandonada por Abelardo y exclamó:
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— ¡Abelardo! ¿Porqué me dejaste?... Habías prometido que nos
casaríamos...
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Dos meses pasaron pronto desde aquel acontecimiento, Nicolás caminaba
por el pueblo de Santa Catalina, reflexionando mientras iba por un
encargo de Pilar. Había llegado por fin a la tienda de abarrotes, cuando
vio un periódico, pero éste era no uno cualquiera, sino uno de sociales.
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No era que a Nicolás le interesara saber de la vida de las familias
opulentas de México, sino que ese periódico tenía algo en especial, una
foto de un hombre que sonreía felizmente al igual que una hermosa mujer,
ambos acaban de casarse: era Egisto.
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Nicolás se impactó al saber que Anélida había sido engañada de la peor
forma, ¿debía hacerle saber qué tipo de hombre era el que había amado?
Por un momento reflexionó las cosas, y pensó que lo mejor sería que sólo
se conformara con saber que simplemente la abandonó por una simple
diferencia.
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Anélida estaba caminando por el mercado del pueblo, como era de
costumbre, pasó cerca de una fuente y le dio tentación jugar con el
agua. Se acercó a ella y estuvo haciendo diferentes formas por un rato,
ya que sin saber porqué, el recuerdo de Egisto no desaparecía de su
mente. Durante todo el tiempo de su vida había sido una fuerte y
valiente guerrera, así que, ¿cómo podría ser que una cosa tan
insignificante todavía le afectara su estado de ánimo?
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En eso, dos mujeres se sentaron cerca de ahí y estuvieron comentando
entre sí:
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— Si te enteraste, comadre.
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— ¿De qué?, cuéntame.
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— Pos que ya se casó ese guapo empresario que tiene unos ojazos...
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— Ah, pos dime quién.
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— Pos quién mas que Egisto Santillán.
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Anélida quedó como muerta en ese instante, así que escuchó que más
decían.
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— ¡Qué afortunado es ese tipo! La vieja con la que contrajo matrimonio
está bien bonita.
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— Y es de buena familia, creo que son de los Castillo Márquez...
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— Comadre y ya me acordé de su nombre, es Laura.
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Entre más decían, la pobre sílfide sentía que a cada momento le rompían
el corazón, no soportando más se levantó de donde estaba y exclamó:
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— ¡Por favor guarden silencio! Estoy harta de tanto escuchar que el
hombre al que yo amaba es un patán... ¿Qué es lo que siento?
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Dicho esto, de puro coraje hizo que el agua de la fuente les cayera
encima. Después de haber recibido su gran empapada, las mujeres pensaban
en utilizar su artillería de reclamaciones y palabrerías sobre Anélida,
pero al ponerse de pie, ver de frente y a todos lados ya no vieron nada.
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Nicolás regresaba del pueblo, muy tranquilamente hacia su jacal, vio
cómo Pilar se le acercaba para recibirlo. Pero a diferencia de todas
aquellas ocasiones, llegó seria, él comprendió que algo andaba mal,
pensó en Anélida y le preguntó que pasaba con ella, Pilar le contestó:
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— No sé que es lo que le pasa, simplemente llegó algo molesta y se
escondió atrás del corral. Pobre, algo debió hacerla sentir mal de esa
manera, pues es raro ya que nada le puede afectar así.
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— Debió de haber sido ese maldito... Iré a hablar con ella.
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— Nicolás ten cuidado, no sabes de lo que puede ser capaz cuando está
enojada.
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— Pilar, me tiene confianza, pues soy su protegido.
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Así que él se dirigió hacia el escondite de la sílfide, pues a través
del vínculo profundo que tenían sabía dónde se localizaba.
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— Señora, ¿está todo bien? — preguntó amablemente Nicolás —.
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— No, todo está perdido para mí — contestó dolida Anélida —.
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Nicolás la abrazó y por primera vez sintió cómo lloraba, pues en ninguna
ocasión de su vida la había visto hacer eso.
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— Por favor, no debe sentirse así. Él no vale la pena. Usted ha logrado
salir delante de cada adversidad, ya verá que luego volverá a ser la
misma.
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— Pero no entiendes cómo funcionan las cosas, he amado, me he dejado
seducir por un hombre. Mi maldición se está cumpliendo, pues en el amor
está la perdición y a la vez la salvación. Me veré sometida ante un
hombre al que tendré que obedecer, a menos que no conozca al que me
provoque pavor, pues no le tuve miedo a Egisto y nunca me sometí a el.
El fin se acerca y le temo tanto...
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Por primera vez, el huichol no tenía nada que decir, sólo estaba
impactado, atinó sólo a hablar unas palabras:
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— Mira, tal vez tengas razón en tu maldición, las sílfides vendrán a
burlarse de ti al saber que tal vez algún día estarás con un hombre a la
fuerza debido a la grave falta que cometiste al enamorarte de uno.
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No entiendo a que te refieres con de “tu fin”, pero tengo un
presentimiento sobre el hombre que te hará sentir el pavor: Creo que
será bueno y te hará feliz, no será ningún cobarde como ese Egisto. Eres
bonita, es verdad, pero él no valoró lo que está dentro de ti, pero ese
hombre lo podrá ver, y eso es lo que lo enamorará.
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Anélida se sintió aliviada al escuchar las palabras de Nicolás, y fue
perdiendo la confusión que tenía en su interior, lo miró con sus oscuros
ojos azules y le dijo sólo gracias.
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Milagros se encontraba en su jacal orando por el imposible regreso de
Abelardo, pues estaba condenada al consagramiento estando impura, así
que sólo la podía salvar el sagrado matrimonio. Pero sino fuese así,
sería desterrada a las sombras del olvido de todos, por fuera era una
disciplina infranqueable ante su madre, pero en su interior un gran
infierno la atormentaba.
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Por su mente pasaban una y otra vez las escenas que armaban una
historia: La historia de la perdición de la sílfide que no conocía el
miedo y la de la oveja que iba a ser destinada a lo sagrado, pero que el
pecado había manchado.